miércoles, 26 de septiembre de 2012

Ricardo Espinosa Pedraza (La Paz en Septiembre)

"Ah, que al menos,
lejos de los besos y las luchas,
algo permanezca un instante sobre la montaña,
algo del corazón infantil y sutil, bondad, respeto.
Porque al final, ¿qué es lo que nos acompaña?
y, cuando viene la muerte,
en verdad, ¿qué nos queda?

(Paul Verlaine)






Cualquier cosa cabe y puede acontecer
en medio del vacío
en que se consume
ésta, nuestra patria

Mientras la sangre inocente o no,
emana como manantial
buscando siempre su cauce
de septiembre y esperanza,
y el aroma de muerte
nos alcanza desde los campos,
las selvas y los cinturones
de miseria de las ciudades,
incomodando a los que disfrutan
viviendo de sus mentiras virtuales

Nuestras 9 o 10 ciudades principales
sobreviven divididas y estratificadas
como ghettos en miniatura,
con seguridad, esparcimiento
y servicios incluidos,
mientras la desconfianza
se toma tranquila las calles,
las plazas y los parques

Todos pedimos un poco de paz
para que el sonido de las balas
y las minas personales
no nos sigan invadiendo
periódicos y noticieros,
quitándole el espacio 
a la lúdica y al divertimento
para vestir lo que está de moda,
para expresarnos con el idioma fácil
de las redes sociales
y seguir viviendo nuestras vidas
como de pauta publicitaria,
para continuar cada quien
con su cada cual,
haciendo y diciendo
lo que nos viene en gana
y tirando para nuestro propio lado

Todos solicitando
no tan fervientemente,
que el milagro suceda
pero sin inquietudes
ni sobresaltos
ni sacrificios
más allá de los
estrictamente necesarios

Pero la felicidad
es una quimera que
no se puede alcanzar
sin ceder lugares importantes
en nosotros mismos
y en nuestras conciencias,
pues que yo sepa,
aún no se han inventado
los logros sin esfuerzo,
las recompensas sin entrega

Aunque suene a 
complicada imposibilidad,
debemos estar unidos,
comprender por fin
que sólo abriendo 
espacios incluyentes
y afines a todos,
cediendo algo de nuestros
propios rincones cómodos,
podremos aprender a respirar la paz,
a convivir tranquilos y tolerantes

Si en verdad pensamos dejar
que una luz limpia y nueva
entre en nuestras casas
debemos abrir las ventanas,
descorrer las persianas y cortinas,
abrir de par en par las puertas,

permitir que nuestros ojos se acostumbren
por fin y dolorosamente,
a nuestra luminosa condición,
para recomenzar a organizar
los muebles, los cuadros,
los floreros y retratos
de nuestros muertos
(a los que no podemos
darnos el lujo de seguir ignorando),

echar a andar de nuevo los relojes
y barrer el polvo acumulado 
y los escombros que quedaron
de la más larga de las noches
(pero nunca más debajo de las alfombras)