jueves, 6 de enero de 2011

Erick McCormack (Regalo de Cumpleaños)

LA CARRERA LITERARIA de Eric McCormack empezó tarde, a los 49 años, cuando publicó su primer libro de cuentos. Inspecting the Vaults es un libro extraordinario, lleno de ingenio y de humor negro, en el que su autor narra los actos terribles de unos personajes aparentemente comunes con impecable distancia.  Para McCormack, el texto de un relato lo aleja tanto de su autor como de su lector, de manera que los hechos que ocurren, por monstruosos que sean, deben acatar sus propias reglas, que son las de sus mundos imaginarios. McCormack no reduce su geografía imaginaria a simples paisajes. El cuerpo es, en su escritura, un lugar imaginario. El poeta Pablo Neruda habló del cuerpo como de una tierra para labrar y sembrar; John Donne lo llamó un mapa, explorado por sus médicos, por sus cartógrafos; para Santa Teresa era una mansión de muchos aposentos. En los cuentos de McCormack es el escondite para el crimen, una casa para ceremonias de culto, un campo de batalla. En Regalo de cumpleaños, el cuerpo se expande hasta convertirse en un universo erótico completo.



Regalo de cumpleaños

Dónde estaba exactamente en medio de aquellos montes invernales, no lo sabía. Estas cosas sabía: que había viajado interminables millas por aquella carretera que se estrechaba cada vez más, excavada por el quitanieves; y que era su cumpleaños. Ningún coche lo pasaba; los que adelantaba eran modelos anticuados, todo aletas y salientes como el que él conducía. En cuanto a paradas, sólo hizo una, en un lugar llamado Mirador Alto. Atravesó la barrera y bajó la ventanilla. Respiró el aire fresco y contempló al fondo las olas congeladas que eran las montañas. El frío le cosquilleó los pelos de la nariz.

"Todo me es familiar -pensó-.Todo es muy familiar". Llegó al motel después de doblar otras cuantas curvas de la carretera. "El Pabellón del Alce", rezaba el cartel, un nombre anticuado para un motel a la antigua con un poste totémico, cubierto de copos de nieve, en la fachada. La recepción quería parecer una cabaña de troncos. La recepcionista no levantó la vista al entrar él, ni cuando preguntó el número de su habitación.

¿La 13 -dijo la mujer de pelo gris entre el clac-clac de sus agujas, concentrada en tejer.

Él recorrió el largo pasillo, acolchado por una alfombra marrón oscuro a prueba de manchas. Había recorrido muchos pasillos como aquel.  En el número 13, giró la manija y abrió la puerta. La habitación era como un millón de otras habitaciones de motel, sólo que un poco anticuada, con las paredes forradas de madera oscura. Excepto por ella.

Estaba junto a la cama y tenía algo que le hizo sentir que la conocía. Por alguna razón, verla le produjo tal tristeza que podría haberse puesto a llorar. Así que no era más que esto, siguió pensando una y otra vez; después de tantos años, no era más que esto. Pues la mujer estaba allí, desnuda y risueña dentro del cuarto recargado, a su disposición. Respiró hondo y cerró a su espalda. Durante un momento se apoyó contra la puerta, queriendo decir algo ¿preguntarle su nombre a la mujer, quizá, preguntarle dónde se conocieron hacía tanto tiempo-, necesitado de por lo menos eso. Pero ella sólo sonreía, y se llevó un dedo a los labios y movió la cabeza de un lado a otro.

¿No digas nada, querido -dijo-. Ven ahora conmigo. Conque se quitó la vieja chaqueta a cuadros escoceses encontrada en el coche (no se acordaba de cómo había llegado a ponérsela, una chaqueta con un viejo olor familiar a moho). Y conforme se iba desprendiendo del resto de la ropa, también se fue desprendiendo de la tristeza. Se concentró únicamente en los embotados instintos de su cuerpo, hasta que éstos se hicieron forzosamente cargo, como siempre pasaba. El pecho le latía tan fuerte que temió que se le abriera y diera a luz, por fin, a un corazón. Deseó derramarse dentro de la mujer rápidamente, cumplir rápidamente, acabar rápidamente, volver rápidamente a su sitio. Pero su pensamiento no tenía misterios para ella.

-No, no -dijo ella-. Esta vez no te apresures. Retiró los cobertores y le hizo tenderse en la cama. En la mesita de noche había un frasco de crema. Ella se echó un poco en las manos. Luego, se arrodilló sobre la cama y extendió el tibio cieno por el cuerpo de él, frotándoselo por todas partes, volviéndolo y frotándolo, deteniéndose en especial entre las piernas, acariciándolo con suavidad, tarareando para sí mientras lo hacía. Cuando hubo acabado de embadurnarle el cuerpo, la mujer suspiró -de contento, se dijo él- y también se tendió. 

¿Ahora -dijo ella-. Empecemos. Él se montó encima de la mujer, se sostuvo un momento sobre los propios brazos y la estuvo mirando a los ojos, algo que rara vez hacía: pensó que debía mirarla a fondo y descubrir quién era. Incluso la habría besado en la boca: esto era también algo que rara vez hacía. Pero ella le eludió los labios y le besó las mejillas; jugaba con su pelo ralo, pasándole las manos por el cuerpo rechoncho (todos los días se daba él cuenta en el espejo de lo rechoncho que se había puesto, rechoncho y pálido: un hombre pálido y rechoncho). Lo estuvo acariciando un rato, luego le colocó la cabeza entre sus pechos y lo sostuvo mientras mamaba. Él sintió hincharse el pezón en pos de su lengua y cerró los ojos, hundiendo la nariz en la morbidez de la mujer, tal vez para olerla, con la leche a menos de un centímetro debajo de la carne.

Basta -susurró ella. Basta, cariño. Y entonces ella le empujó poco a poco la cabeza hacia abajo, más allá del estrechamiento de la caja torácica y más abajo del dulce mandala del ombligo. Abajo que se deslizó él por el cuerpo abovedado de la mujer; se deslizó por el vientre hasta el entronque de las piernas y el tierno enjambre de vello, entre la intensa fragancia de ella. Intentó penetrarla con la lengua.

No -jadeo ella-, no. Y entonces comenzó a revolverse debajo de él, deslizándose con ayuda de la crema, hasta que hubo rotado 180 grados y él sintió la cabeza de la mujer entre las rodillas.

"Ay -pensó-, ay". Tendió el pene hacia la cara de ella, aguardando a sentir la blandura mojada de los labios.  Pero ella dijo: No, mi amor. Y continuó resbalando y ascendiendo, hasta que sólo las piernas siguieron entrelazadas, ella boca arriba a los pies de la cama, él boca abajo sobre las almohadas. ¿Qué quería de él? Se lo preguntaba allí tendido. ¿Por qué no tenía prisa la mujer?

Entonces sintió que las manos le acariciaban el pie derecho, sintió que ella lo levantaba y se lo ponía entre los muslos, sintió cómo los dedos de la mujer le agarraban los dedos de los pies y delicadamente empezaba a insertárselos. Sólo se detuvo un momento antes de que siguieran operando las manos, atrayendo el pie embadurnado, después el puente del pie, después el rugoso talón. Hasta que, milagrosamente, incluso el tobillo estaba dentro de ella, el pie derecho del hombre entero, y la mujer jadeaba y gruñía con el esfuerzo, de dolor.

Él se obligó a estar callado (se había pillado lloriqueando de excitación) y ella también estaba callada en aquel momento. Luego, volvió a sentirle las manos, esta vez en el pie izquierdo; e iniciar la misma operación. Como antes, se colocó primero los dedos, de uno en uno. La respiración de la mujer era rasposa. Despacio y sin dudar, proseguía ella con lo suyo. Se insertó el dedo gordo, el puente del pie, el talón, el tobillo, hasta tener dentro todo el pie izquierdo, resbalando la crema contra la crema, acomodándose junto al pie derecho. A él le daba miedo que algún involuntario espasmo suyo hiciera daño a la mujer, de modo que se quedó quieto, en absoluto silencio, con los pies apretados entre sí dentro del tubo flexible, húmedo y caliente. Hacía muchos años que no sentía tanta excitación, pero no podía contener los quedos sollozos.

Chisst -profirió ella. Chist, mi vida. Él sabía que debía contener los sollozos y los contuvo, y se quedó en silencio, expectante. Después de todo, aquello era una nana. Pronto los músculos del abdomen de la mujer asumieron la tarea. Empezaron a sorberle las piernas, absorbiendo como parecía imposible las piernas dentro de ella. Centímetro a centímetro, sintió que las pantorrillas, y las rodillas a continuación, iban siendo poco a poco aspiradas. Retorció la cabeza para mirar a la mujer. Pero por encima del hombro sólo veía los genitales femeninos distendidos, un contorno de vello y nada más, aparte de sus propios muslos, sus rollizos muslos, que iban gradualmente desapareciendo dentro de la mujer. Volvió a dejar caer la cabeza y se quedó quieto. Cuando ella llegó al volumen bien engrasado de las nalgas, aumentaron sus jadeos y resuellos, entre los que ahora se intercalaban aullidos de dolor, mientras se dilataba para engullirlo.

Si ella sentía dolor, él no tenía el menor dolor. Toda su carne había adoptado una tinción púrpura; todo su cuerpo estaba siendo engullido y tardaba en introducirse dentro de la mujer. Ella dio un fuerte grito al abarcarle las nalgas, pero los músculos no cejaron. Siguieron sorbiendo hasta tenerlo dentro hasta más arriba de la cintura, y seguía deslizándose adentro. Algún instinto lo urgía a apretar los brazos a los costados para facilitarse la entrada, y eso hizo, pues ahora se deslizaba más deprisa. Habría podido creer que estaba sujeto por un cordón, tan inexorablemente iba entrando, como un desatascador, en aquel túnel liso y eterno. Incluso sus bien embadurnados hombros y su mentón se contrajeron como pudieron, lo suficiente para adaptarse al paso.

Se preguntaba ahora, se preguntaba por primera vez, si iría a morir. ¿Podía morir un hombre de tantísimo placer? ¿Sería así como se sentía un conejo al atraparlo las mandíbulas amorosas y arteras de una pitón?

Estos pensamientos tenía presentes, cuando la absorción se detuvo de pronto. Escuchó, atento como nunca antes. Se dio cuenta de que los gemidos de la mujer habían cambiado: la desesperación se combinaba ahora con dolor. Y comprendió qué iba mal. Su cabeza, su cabeza medio calva y bien rasurada, rolliza y embadurnada, era demasiado grande para ella.   

Al relajarse el empeño de la mujer, se alivió la presa de sus músculos y él sintió que volvía a deslizarse fuera: retrocedía unos centímetros que tan trabajosos habían sido de ganar. Aulló de rabia, de verse frustrado estando el premio tan cerca. Comprendió que no lo soportaría. Entonces habló ella. La voz sonó muy apremiante, también muy amable.

Ayúdame, mi bien. Por favor, ayúdame, cariño mío. "Sí, sí", intentó contestarle él. Tenía que creerlo, sí, ella tenía que creer cuantísimo la amaba. Él tensó el cuerpo y lo deseó, lo deseó. Ella se estremeció y, milagrosamente, sus músculos volvieron a agarrarlo y prosiguió la absorción. Los hombros del hombre volvieron a meterse, y tras ellos el cuello. Dobló él la mandíbula y aspiró aire con fuerza. Una muralla de carne inflexible y melosa le cubrió los labios y le aplastó la nariz. Al cerrar los ojos oyó el último gran chillido de la mujer: de hacer fuerza, o de triunfo, o de amor.

Luego, oscuridad. Se sintió disparado por un corto túnel y desparramarse dentro de un globo, entre luz roja y aguas opacas. Todo latía alrededor y su cuerpo vibraba a ese mismo ritmo. Probó a buscar la palabra para esto, para su arrobamiento. Pero no se le ocurrió ninguna palabra, sólo un gorjeo, y se desentendió de todas las palabras.

Tomado de Alberto Manguel: Las puertas del paraíso (Alianza, 1999).Traducción de Antonio Desmonts.