martes, 11 de enero de 2011

Juán Gossaín (Parábola del Cura Ladrón)



-Es verdad -dijo mi tía Josefina-. A mí me lo contaron el mes pasado.

-Es un chisme miserable -exclamó mi madre, indignada, y se echó dos veces la señal de la cruz.

-Chisme que dure más de una semana es verdad -replicó mi tía, con voz de sentencia judicial. Era la señal que daba por terminada la discusión.

Mi madre guardó silencio, guardó las agujas de tejer, guardó los alfileres y guardó una madeja de hilo calabrés, todo ello en la bolsa de costura. Había hablado la hermana mayor. Y punto.

Era la víspera de Navidad. Ahora que lo recuerdo bien, después de tantos años, el primero que llegó con el cuento a mi casa fue don Vicente, el peluquero, un hombre gordo que sabía tocar la trompeta, pero se le olvidó, y se reía con las carcajadas escandalosas del que tiene buena salud.

-Medio pueblo lo murmura en voz baja -dijo, poniendo en cada palabra un acento de veneno.

Estábamos en la mesa del patio, a la hora del almuerzo,con las hojas barridas por la brisa de diciembre, bajo el palo que había sembrado el marido de María Abdala, y que daba aquellas guayabas enormes que habían cogido la mala costumbre de desgajarse sobre el plato cuando la sopa estaba más caliente. Yo, que tenía siete años, le dije a mi madre que por eso me negaba a tomar sopa. No me creyó.

Mi padre, que conocía bien al peluquero, puso cara de indiferencia, como si no le interesara la historia, porque sabía que semejante máquina de rumores andaba en busca de alguien que le diera cuerda. Se negó a picarle la lengua. Lo miró por encima de los anteojos, desde el otro lado de la cabecera, y siguió comiendo callado. Don Vicente soltaba esas carnadas adondequiera que llegaba, para pescar la atención ajena. Era un maestro consumado en el arte de regar chismes, lo que mi madre conocía como un corredor de oreja.

El peluquero se quitó la gorra de beisbolista y empezó a abanicarse con ella, dándose ínfulas, porque pensó que era el dueño absoluto del secreto.

-Lo sabe todo el mundo -dijo mi tía, y se quemó con el caldo.
Don Vicente se sintió decepcionado pero de inmediato retomó el control de la situación. Sonreía complacido.

-¿Y sabe cuántas casas ha comprado? -preguntó, sin esperar que le respondieran-. Cuarenta.

-También lo sabía -dijo la tía Josefina, burlándose de él-. Y veinte vacas, burros y bueyes.

El peluquero contuvo a duras penas las ganas de ahorcarla. Se tomó el vaso de agua helada que había pedido, volvió a ponerse la gorra y se levantó de la mecedora. El agua fresca le había calmado los ímpetus.

-Buen provecho -gritó, desde la puerta.

Con la misma parsimonia que gastaba para todos sus actos, mi padre terminó el almuerzo en silencio. Después atravesó los cubiertos sobre el plato hondo. Se estaba limpiando la boca con el borde del mantel cuando preguntó en árabe, con la mirada fija en mi madre:

-¿Y ahora qué fue lo que inventaron en este pueblo?

Su mujer se disponía a contestarle, pero no estaba ni tibia si creía que su hermana mayor iba a dejar que le quitara semejante oportunidad.

-Lo que pasa, Janne -se apresuró a explicarle mi tía, llamándolo por su nombre-, es que el padre Agudelo resultó ladrón.

Fue entonces cuando mi padre le puso atención por primera vez. Frunció el entrecejo. Estaba aterrado y su cuñada lo sabía.

-Se ha desaparecido tres veces en un mes -agregó ella-. Ayer lo descubrieron en Montería. Estaba comprando casas, vacas, yeguas.

-¿Y qué va a hacer él con eso? -insistió mi padre-. Un cura de noventa años, casi ciego, sin mujer y sin hijos.

-La ambición, mijito -se saboreó mi tía, con la misma voz sentenciosa que mi madre le oiría esa tarde en el cuarto de costura-. La ambición, que rompe el saco.

-Claro -dijo él, socarrón-. Así empiezan todos los chismes. Apuesto a que nadie sabe quién lo vio.

-Sí lo sé -reviró ella, ofendida-. La hermana del cabezón Valest, que vive en Montería.

-Pero ese hombre es ateo- protestó mi padre.

-Dios sabe de quién se vale para hacer sus cosas.

No insistió más porque sabía que era tiempo perdido. La conocía demasiado bien, incluso desde antes de casarse con su hermana, para no hacerse ilusiones sobre el destino que le esperaba a esa discusión.

Pasado el mediodía, cuando terminó de hacer la siesta, mi padre abrió de nuevo las puertas de la tienda. El chisme andaba suelto por la calle, dando vueltas en la plaza, jugando billar en el salón de Hildo Luna, en la carnicería de Abelardo, y a medida que pasaban las horas el cuento creció tanto que ya decían que el cura había comprado veinte vacas paridas, con sus respectivos terneros, además de medio ciento de toros sementales criados en Holanda.

-Con razón nunca quiso arreglar la iglesia -dijo el cabezón Valest en la esquina-. Cuarenta años juntando la platica de las limosnas para robársela. Se va a volar para su tierra.

Un piquete de evangélicos recogía firmas de casa en casa para mandarle una carta de denuncia al obispo, pero tuvieron que cancelar la idea porque no lograron ponerse de acuerdo para dirigirse a él como su majestad o su santidad. Con los ánimos enardecidos, hubo alguien que sugirió la convocatoria de un cabildo abierto. Fue allí donde el cabezón Valest, que era buen tallador de madera con navaja, propuso que se creara un tribunal revolucionario para exigirle al párroco una rendición de cuentas ante el pueblo soberano.

-Ese loco cree que está en la Revolución Francesa -dijo mi padre.

El padre Binicio Agudelo regresó al pueblo en el bus de las seis de la tarde. Nadie lo saludó. Sudaba bajo la sotana blanca de cuello descosido y tenía un jadeo al caminar, a causa de la edad. Lo primero que hizo, desde la casa cural, fue invitar al pueblo, por los viejos parlantes de pedal que colgaban de la torre, a una reunión urgente para las ocho de la mañana.

La gente no pudo dormir. Se oían martillazos y ecos de serrucho desde el interior de la iglesia cerrada a tranca. A la hora señalada, mi tía Josefina llegó de primera, con una chalina negra que le cubría la frente, y detrás de ella iban don Vicente y el cabezón Valest, que parecían sus escoltas. Los tres esperaron a que el sacristán abriera las puertas. Los muchachos curiosos no cabían en las ventanas.

A la derecha del altar, donde antes estuvo la imagen del santo patrono, el tumulto encontró ahora una aldea en miniatura, llena de caminos de hierba, pedazos de espejos rotos que simulaban lagos, retazos de cortinas verdes convertidos en montañas.

-Este es el primer pesebre que hemos tenido en el pueblo -le dijo el padre a la multitud, con su labio inferior que se adelantaba al otro-. Lo compré en Montería con lo que ustedes me dieron en cuarenta años de limosnas. Aquí están veinte casitas de cartón, cuatro burros de pasta y media docena de bueyes de yeso.

Con la mano izquierda mostró complacido su obra, y concedió dos minutos de silencio, para que todo el mundo la contemplara. Luego levantó la derecha, para bendecirlos, y les dijo:

-Que tengan feliz Navidad.

Desde el portón del fondo, que daba a la plaza llena de sol, mi padre miró a su cuñada, inclinó la cabeza hacia ella, le buscó la oreja debajo de la mata de pelo y le susurró, con un paladeo de victoria:

-La lengua es una víbora.

Mi tía lo miró furibunda.

-No lo digo yo -dijo él-. Lo dijo el rey Salomón.

Se puso a tararear una canción. El cura, entre tanto, sonreía como un angelito, ajustándose los anteojos de pasta remendados con esparadrapo.




Juán Gossaín, periodista y escritor colombiano, dirige el Centro de Altos Estudios que lleva su nombre, en Cartagena de Indias.