Marguerite Yourcenar (Opus Nigrum (Fragmento))


"No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea
propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular,
¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y
tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese
modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a
otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas.
Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre
cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo.
Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar
mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho
ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin
de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen
pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma".

                     PICO DE LA MIRÁNDOLA
                    Oratio de hominis dignitate

Micer Alberico de’ Numi se enamoró en seguida de
aquella muchachita de senos pequeños y rostro afilado,
ataviada con tiesos terciopelos brocados que parecían
sostenerla de pie y adornada, los días de fiesta, con joyas
que le hubiera envidiado una emperatriz. Unos párpados
nacarados, casi de color de rosa, engarzaban sus pálidos
ojos grises; su boca un poco abultada parecía estar siempre
dispuesta a exhalar un suspiro, o la primera palabra de
una oración o de un canto. Y tal vez inspiraba el deseo
de desvestirla sólo porque era difícil imaginarla desnuda.

En una noche de nieve, que hacía soñar con camas
bien calientes en habitaciones bien cerradas, una criada
sobornada introdujo a Micer Alberico en el baño en
donde Hilzonde frotaba con salvado sus largos cabellos
crespos que la vestían a modo de un manto. La niña se
tapó la cara, pero entregó sin lucha a los ojos, a los labios,
a las manos del amante, su cuerpo limpio y blanco
como una almendra mondada. Aquella noche, el joven
florentino bebió en la fuente sellada, domesticó a las
dos cabritillas gemelas, enseñó a aquella boca los juegos
y exquisiteces del amor. Al llegar el alba, una Hilzonde
al fin conquistada se abandonó por entero y, por la mañana,
rascando con las uñas el cristal blanco de escarcha,
grabó en él, con una sortija de diamantes, sus iniciales
entrelazadas con las de su amado, dejando así
constancia de su felicidad en aquella sustancia fina y
transparente, frágil, es cierto, pero apenas más que la
carne y el corazón.

Sus delicias se acrecentaron con todos los placeres
que ofrecían el tiempo y el lugar: músicas cultas que Hilzonde
tocaba en el pequeño órgano hidráulico que le había
regalado su hermano, vinos fuertemente especiados,
habitaciones cálidas, paseos en barca por los canales aún
azules del deshielo, o cabalgatas de mayo por los campos
en flor. Micer Alberico pasó buenas horas, más dulces
tal vez que las que Hilzonde le concedía, buscando
en los tranquilos monasterios neerlandeses los manuscritos
antiguos olvidados; los eruditos italianos a los que
comunicaba sus hallazgos creían ver reflorecer en él al
genio del gran Marsilio. Por las noches, sentados delante
del fuego, el amante y la amiga contemplaban juntos
una amatista grande importada de Italia, en la que se
veían unos Sátiros abrazando a unas Ninfas y el florentino
enseñaba a Hilzonde las palabras de su tierra que designan
las cosas del amor. Compuso para ella una balada
en lengua toscana; los versos que dedicaba a aquella hija
de mercaderes hubieran podido convenir a la Sulamita
del Cantar de los Cantares.

Pasó la primavera y llegó el verano. Un buen día,
una carta de su primo Juan de Médicis, en parte cifrada,
en parte redactada en ese tono de broma con que Juan
aderezaba las cosas —la política, la erudición y el
amor—, aportó a Micer Alberico todos esos detalles de
las intrigas curiales y romanas de las que su estancia en
Flandes le privaba. Julio II no era inmortal. Pese a los
necios y a los estipendiados ya vendidos al rico mentecato
de Riario, el sutil Médicis preparaba desde hacía tiempo
su elección para el próximo cónclave. Micer Alberico
no ignoraba que las entrevistas que había tenido con los
hombres de negocios del Emperador no habían bastado
para disculpar, a los ojos del presente Pontífice, la indebida
prolongación de su ausencia. Su carrera dependía
en lo sucesivo de aquel primo tan «papable». Habían jugado
juntos en las terrazas de Careggi; Juan, más tarde,
lo había introducido en su exquisita camarilla de letrados
un poco bufones y un algo encubridores; Micer Alberico
se vanagloriaba de ejercer una gran influencia sobre
aquel hombre fino, pero de una blandura mujeril. Le
ayudaría a alcanzar la silla de San Pedro. Se convertiría,
aunque en segundo lugar y mientras esperaba algo mejor,
en el ordenador de su reino. Tardó una hora en organizar
su partida.

Acaso no tuviera alma. Tal vez sus repentinos ardores
no fueran más que el desbordamiento de una fuerza
corporal increíble; quizá, magnífico actor, ensayaba sin
cesar una forma nueva de sentir; o más bien no había en
él más que una sucesión de actitudes violentas y soberbias,
pero arbitrarias, como las que adoptan las figuras
de Buonarotti en las bóvedas de la Capilla Sixtina. Luca,
Urbino, Ferrara, peones en el juego de ajedrez de su familia,
le hicieron olvidar los paisajes de verdes llanuras
rebosantes de agua en donde, por un momento, había
consentido vivir. Amontonó en sus baúles los fragmentos
de manuscritos antiguos y los borradores de sus poemas
de amor. Calzadas botas y espuelas, con sus guantes
de cuero y el sombrero de fieltro, parecía más que nunca
un caballero y menos que nunca un hombre de Iglesia.
Subió a los aposentos de Hilzonde para decirle que se
marchaba.

Estaba embarazada. Lo sabía. No se lo dijo. Demasiado
llena de ternura para constituirse en obstáculo de
sus miras ambiciosas, era asimismo demasiado orgullosa
para prevalerse de una confesión que su estrecha cintura
y su vientre plano no confirmaban todavía. Le hubiera
disgustado ser acusada de embustera y tal vez aún más
sentirse importuna. Pero unos meses más tarde, tras haber
traído al mundo un hijo varón, no se creyó con derecho
a dejar que Micer Alberico de’ Numi ignorase el nacimiento
de su hijo. Apenas sabía escribir; tardó horas en
componer una carta, borrando con el dedo las palabras
inútiles. Cuando por fin acabó su misiva, la entregó a un
comerciante genovés en el que confiaba y que salía para
Roma. Micer Alberico no respondió jamás. Aunque el
genovés le aseguró, más tarde, que él mismo había entregado
el mensaje, Hilzonde prefirió creer que el hombre
a quien había amado no lo recibió nunca.

Sus breves amores, seguidos de tan brusco abandono,
habían saturado a la joven de delicias y desganas;
cansada de su carne y del fruto de ésta, hacía extensiva al
hijo la reprobación que sentía hacia sí misma. Inerte en
su cama de recién parida, contempló con indiferencia
cómo las criadas vestían a aquella masa pequeña y morena,
a la luz del rescoldo de la chimenea. Tener un hijo
bastardo era un accidente corriente y Henri-Juste hubiera
podido negociar para su hermana algún ventajoso matrimonio,
mas el recuerdo del hombre al que ya no amaba
bastaba para apartar a Hilzonde del pesado burgués a
quien el sacramento colocaría a su lado, debajo de su
edredón y encima de su almohada. Arrastraba sin placer
los espléndidos vestidos que su hermano mandaba confeccionar
para ella con las telas más costosas; pero, por
rencor hacia sí misma más que por remordimiento, se
privaba de vino, de platos refinados, de buen fuego y,
con frecuencia, de ropa blanca. Asistía puntualmente a
los oficios de la Iglesia; no obstante, por las noches, después
de cenar, cuando alguno de los convidados de
Henry-Juste denunciaba las orgías y exacciones romanas,
ella dejaba su labor de encaje, para escuchar mejor,
rompiendo a veces maquinalmente el hilo que luego volvía
a anudar en silencio.

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