jueves, 6 de enero de 2011

Norman Mailer (Noches de la Antiguedad (Fragmento))

NORMAN MAILER (1923) dijo en alguna ocasión que publicaba tantos libros debido a sus múltiples divorcios, varios hijos, y excesivas pensiones de alimentación. Pero su estilo asoma con garra, incluso en textos que parecen ajenos a su mundo, como su biografía del joven Picasso. Desde 1948, cuando publicó Los desnudos y los muertos, una soberbia novela sobre la guerra en las islas del Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial, no ha parado. Se recuerda todavía Los ejércitos de la noche, a fines de los 60, cuando las marchas pacíficas contra el Capitolio y la Casa Blanca por la guerra de Vietnam, le permitieron fusionar reportaje con ficción, hasta sus vehementes diatribas actuales contra la administración Bush. Peleó con las feministas en El prisionero del sexo, pero donde mejor alcanza atisbos visionarios sobre el secreto continente del erotismo es en una novela sobre el Egipto de los faraones, 1.000 años antes de Cristo. Se llama Noches de la antigüedad, que fue publicada en 1983. En español la publicó Plaza y Janés.



NOCHES DE LA ANTIGÜEDAD  (fragmento)

Entramos en el círculo de lapislázuli, donde ella bendijo mi cuerpo desnudo en un orden preciso. Esto también os digo: pasó el incienso por mi ombligo y mi frente, mis pies y mi garganta, mis rodillas y mi pecho, y por último, por los vellos de mi ingle. Luego ungió los siete lugares con gotas de agua, pulgaradas de sal y, por último, con gotas de aceite. Sostenía una vela encendida cerca de mi cuerpo para calentarlo. Ahora yo estaba bendecido y preparado.

Del altar tomó un cuchillo con mango de fino mármol blanco y punta tan afilada que hasta el ojo podía sangrar si se lo miraba fijo. Luego se quitó su bata blanca y se quedó tan desnuda como yo. Con el cuchillo me pinchó el vientre, justo debajo del ombligo, y mezcló mi sangre con la suya, pues también se pinchó debajo de su ombligo. Desde allí repitió cada paso de la bendición, tomando una gota de sangre de mi frente y de la de ella, del dedo gordo del pie, del pecho y de la ingle. Cada gota de sangre se aferraba a al punta del cuchillo como una lágrima, hasta que lo llevaba a la misma parte de su cuerpo, de modo que cuando terminamos, nuestra sangre estaba mezclada en estas siete moradas. Nos erguimos juntos frente al altar, solemnes, desnudos e igualmente marcados.

Ahora yo ya estaba preparado para ser consagrado ante su Templo. Me hizo acostar sobre la piedra dentro del círculo, en donde ardía un pabilo en un platillo de aceite; allí levantó un látigo y lo dejó caer sobre mí dos veces, cuatro veces, luego 14 veces.

De muchacho me habían azotado muchas veces. Luego debía arrastrarme y buscar barro para restañar las heridas sangrantes. En mi primera vida, por más alto que fuera mi rango, nadie podría haberme confundido jamás con un noble: tenía demasiadas cicatrices de latigazos en la espalda. Un azote no me era extraño. Pero ser azotado por Bola de Miel era diferente. Ella lo hacía con una suavidad que se propagaba. Si arrojarais una piedra en un estanque, y en el segundo intento lograrais acertar con otra piedra en el centro del primer círculo, y en el instante preciso (de modo de no crear una confusión al esparcirse la ola, pero sí profundizar el rizo), entonces os acercaríais al arte de Bola de Miel. El dolor me penetraba como el aceite perfumado alcanza hasta el último resquicio de la tela. En noches anteriores me había enseñado a besar, y yo vivía en la opulencia de esos abrazos, y sabía por qué el besar es una diversión de nobles. Ahora atravesé los valles de las flagelaciones. Un vértigo cercano a la embriaguez se apoderó de mis pensamientos, lo cual equivale a decir que me entregué a una adoración de mi propio sufrimiento, pues me sentía como purificado de toda vergüenza. Estaba al borde de la resistencia, listo para saltar al cielo debido a la tortura del mero toque del látigo. No obstante, provenía de ella una ternura. ¿Cómo explicar tal choque de sentimientos? Permitid que os diga que ella dejaba caer el látigo con golpes perfectos, una vez sobre cada nalga, luego dos veces y después una vez sobre las catorce partes dolientes del cuerpo de Osiris que ahora pertenecía tanto al dios como a mí. Me fustigó la cara, una vez con los ojos cerrados, otra con los ojos abiertos; luego le tocó el turno a la planta de los pies, a los brazos, a los puños, la espalda y el vientre, el pecho y el cuello. Por último el látigo cayó sobre mis testículos y, como una víbora, se enroscó alrededor de mi flácido gusano. Entre nubes de fuego oí cómo Ma-Khrut recitaba con voz clarísima, después de cada golpe, "Os santifico con óleo", mientras me ungía con óleo las partes donde el azote dejaba llamas, hasta que el fuego se enfrió y se convirtió en el calor de mi cuerpo. Luego ella dijo: "Os santifico con vino", y acercó la astringencia del vino a las 14 llamas, y mi piel volvió a dar alaridos. Entonces ella me lavó suavemente con agua fresa hasta que, al aquietarse el ardor, surgió el vapor de mi corazón; y ella dijo: "Os santifico con fuego", pero se limitó a acercar el incensario a cada lugar dolorido. Dijo por fin: "Os santifico con mis labios", y me besó en la frente con los ojos abiertos y luego cerrados me besó en las plantas de los pies y en los músculos de la corva de los brazos, me besó los nudillos de mis manos cerradas, y mi espalda, y el vientre, el pecho, el cuello, y terminó lamiendo alrededor del círculo de los testículos, y muy suavemente en la cabeza de mi espada que se elevó de entre el suave lodazal de mis ijares hasta volverse poderosa como un cocodrilo. Luego ella dijo: "Os nombro Primer Sacerdote del Templo de Ma-Khrut, que mora en Osiris. Jurad que seréis leal, jurad que serviréis", y cuando yo exclamé que lo haría (era el último juramento que había requerido en cada una de las 14 partes), se arrodilló ante mí como un templo maravilloso de dulce y temblorosa carne, y susurró mi Nombre Secreto, y manaron los catorce oasis en los que yo había absorbido las exudaciones del dolor, y mi río se desbordó en torrente. 

Ese fue el fin del rito, pero sólo el comienzo de los placeres de esa noche. Ahora fui yo quien le fustigó las nalgas, grandes como la luna y rojas para cuando terminé mis azotes. Yo también aprendí el arte de la flagelación, pues no era mi brazo el que sostenía el látigo, sino su corazón que lo atraía hacia su cuerpo, de modo que yo sentía que estaba azotando la marejada de su corazón. Luego, ante mi propia sorpresa y espanto, pues jamás había hecho esto antes (ni siquiera por Usimare), tomé esas montañas de faldas azotadas y acerqué la cara al pliegue de su asiento y, con ávida voracidad la besé en el lugar donde esconde su fragancia todo lo que pronto morirá. Después de tantos esfuerzos, olía como un caballo. Ella hizo lo propio conmigo, y rodamos con la cara escondida en el posterior del otro, y así, con esa ceremonia, nos casamos. Ya nunca seríamos iguales que antes. Ella me dio tantos besos en el portal del trasero, y tantas caricias me hizo, que terminé sintiéndome como un faraón, tendido de espaldas, sin saber si era el marido o la mujer de todo Egipto. Transportado por corrientes tan maravillosas, volví a sentir que había propósitos a los que ella no se refería y que me iba convirtiendo en el esclavo de sus vastas intenciones.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Evocando esa novela que encontré en una librería de lo usado y compré solo por curiosidad, no sabía quien era Norman Mailer... y a tantos años estoy enamorada de su forma de narrar, una novela para leerse con los 5 sentidos.

Ricardo Espinosa Pedraza (Riespe) dijo...

Gracias por su acertado e inteligente comentario. Mailer es uno de los referentes obligados para todo aquél que quiera saber del mundo y sus sutiles falacias...

Anónimo dijo...

Mailer simplemente corresponde a "Las Ligas Mayores", no solo del S. XX sino de toda la Literatura Universal; quien vea en él pornografía lo único que está haciendo es proyectar sus prejuicios y su cortedad mental.