jueves, 6 de enero de 2011

Juan Gustavo Cobo Borda (La Visita)

POETA Y ENSAYISTA COLOMBIANO, Juan Gustavo Cobo (1948) es, además, consumado antologista. Sus más recientes libros son Lecturas convergentes (Taurus) y Fernando Botero (Panamericana).



LA VISITA

Le anuncié con cuatro días de anticipación el hotel al cual llegaba.
Sólo nos habíamos visto una vez, hablado por larga distancia, e intercambiado dos cartas y algún libro.

¿"Tengo nariz picassiana", dijo, cuando llamó por primera vez, juvenil y desparpajada, comentándome su trabajo sobre el pintor y disfrutando con picardía de ese diálogo imposible. Vivíamos tan lejos y no teníamos plata. Pero el azar convergente de un encuentro sobre Borges me tenía allí, en su ciudad, en pleno verano.

Vestía, en consecuencia, un traje leve y floreado, que permitía intuir su cuerpo y esa enérgica decisión de explorar sus sueños. Había seguido, era inevitable, cursos sobre psicoanálisis. Tenía hijos grandes y estaba separada. Su origen italiano y una cantidad de cosas para preguntarnos. Pero el abrazo resultó intenso y la mano con que esbocé una caricia en su pelo fue retenida por las suyas y apoyada contra su cuerpo.

De modo casi mecánico mi otra mano, en la espalda, la atrajo y hubo una vacilante conmoción, mientras los labios, resecos quizás por el aire acondicionado, se reconocían, lentos, perceptivos, humedeciéndose despacio mientras las lenguas se tornaban eufóricas. Sus dos manos que aún mantenían la mía debieron sentir el crecimiento imperioso del deseo. Entonces los cuerpos se hicieron elásticos, acomodándose uno a otro.
Mano que redondea la arcilla y hace de ella una copa grávida. Urgida la respiración, su cuerpo se desgonzaba mientras los dedos se perdían entre su pelo airoso y perfumado, sosteniéndola.

De golpe, como si una ráfaga de inspiración la sacudiera, se deslizó hasta quedar arrodillada en el tapete y con movimientos precisos destapó ese regalo -así lo dijo traviesa- que la había traído desde tan lejos. Un rico presente que exploraría con ritmo y control a la vez.

Era todo tan sorpresivo que la puerta del closet con espejo, abierta allí cerca, mostraba en realidad algo entre cómico y grotesco. La obesa silueta masculina con la ropa interior y el pantalón arrollado a los pies, en un nudo-trampa que la volvía tambaleante y ciertamente frágil. Su rostro, ávido y concentrado, no permitía ninguna disquisición, ni la broma nefasta de lo que pensaría Lacan de esa mirada en el espejo que contempla su uso impensado.
Arrastrándonos con risas y torpezas caímos en la cama mientras ella se desabotonaba el traje y la alta firmeza de los muslos resaltaba el escueto pantalón. Y el encanto de esos globos de oro, insolentes pero a la vez confiados.

Se despojó de todo y su mano palpó un valle propio, exigente y húmedo, que me hizo saborear. Sin ningún preámbulo y arrodillándose con gracia sobre la mole de carne, se introdujo con un movimiento firme aquello que ya era sólo suyo.

Espectador de un remoto sueño, vivía lo que quizás los dos habíamos construido en la distancia. Se movía armónica y con deleite acompasado, y me obligaba a mordisquear los pezones y meter adentro de su boca uno o dos dedos sobre los cuales repetía la música de su oquedad excitada.
De pronto una llamada salvaje e incomprensible levantó mi mano libre -quizás me había clavado los dientes en los dedos presos en su boca- y le golpeé la cara, con una exultante sensación de goce. El fingido hechizo se desbarató en pedazos y comenzó una nueva obra.

La rabia de sentirse agredida, sin razón alguna, incrementó la furia de su ansia. Pareció congelarse, en seco, y con un rostro de rapacidad sin clemencia mordió hasta el grito cada uno de mis dos pezones mientras la furia erguida y desmelenada, como una deidad antigua poseída por un dios más oscuro, rastrillaba el bosque, queriendo derribar aquel árbol. Una letanía maravillosa de palabras obscenas fue fluyendo de su boca: "Era esto lo que soñaste / ya te masturbaste pensándome / dime que soy tu puta / mírame cómo te como hasta el fondo", incendiando la atmósfera de por sí enrarecida y sofocante. Ni la brisa del balcón abierto ni el aire acondicionado aliviaba el infierno feliz que por fin habíamos encontrado.

El mundo estalló en un color rojo y una plácida ternura nos invadió cariñosa. Desprendiéndose volvió a bajar hasta el sexo y lo saboreó con deleite: ¿¡Qué semen tan dulce!, dijo con una sonrisa a la vez cómplice y sabia. Y añadió: "Así que era esta la visita que me habías anunciado, riéndote tramposo por la larga distancia, sabiendo que no podía tocarte. He aquí mi venganza". Y muy oronda, se metió al baño, silbando. Y reclamando:

"Estás más gordo de lo que me imaginaba".