Chuck Palahniuk (El Club de la Lucha (Fragmento))



Uno

Tyler me consigue un trabajo de camarero, después me mete una pistola en la boca y me dice que para alcanzar la vida eterna primero tienes que morirte. Sin embargo, durante mucho tiempo Tyler y yo fuimos muy buenos amigos. La gente siempre me pregunta si conocía
bien a Tyler Durden.


El cañón de la pistola me oprime el fondo de la garganta, y Tyler  dice:

—En realidad, no moriremos.

Descubro con la lengua los agujeros del silenciador que taladramos en el cañón de la pistola. La mayor parte del ruido que hace un disparo se debe a la expansión de los gases y al pequeño estallido sónico que provoca la bala al salir tan rápida. Para fabricar un silenciador hay que
taladrar agujeros, un montón de agujeros, en el cañón del arma. De esta forma se logra una descompresión que hace que la velocidad de la bala sea menor que la del sonido.

Si taladras mal los agujeros, la pistola te volará la mano.

—En realidad, esto no es la muerte —dice Tyler—. Seremos una leyenda; no envejeceremos.

Desplazo el cañón con la lengua hacia la mejilla y digo:

—Tyler, estás pensando en vampiros.

El edificio donde nos encontramos dejará de existir en diez minutos.
Coge un concentrado con un noventa y ocho por ciento de ácido nítrico gaseoso y añádele el triple de ácido sulfúrico. Prepáralo en una bañera con agua helada. Luego, échale glicerina con un cuentagotas. Ya tienes nitroglicerina.


Lo sé porque Tyler lo sabe.

Mezcla la nitroglicerina con serrín y obtendrás un bonito explosivo plástico. Mucha gente mezcla la nitroglicerina con algodón y añade sales Epsom como sulfato. Así también funciona. Otros emplean parafina mezclada con nitroglicerina. A mí la parafina jamás me ha funcionado.
Total, que Tyler y yo estamos en lo alto del edificio Parker-Morris con la pistola incrustada en mi boca, y oímos un ruido de cristales rotos.
Asómate al borde. El día está nublado incluso a esta altura. Éste es el edificio más alto del mundo y a esta altura el viento es siempre frío. Hay tanta tranquilidad a esta altura que crees ser uno de aquellos monos astronautas. Cumples pequeñas tareas para las cuales has sido preparado.

Tirar de una palanca.

Apretar un botón.

No entiendes nada y, sencillamente, te mueres.

Desde una altura de ciento noventa y un pisos te asomas al borde del tejado y la calle allá abajo parece una alfombra moteada de gente que, de pie, mira hacia arriba. Los cristales rotos son de una ventana justo debajo de nosotros. Estalla una ventana en una cara del edificio y aparece un archivador negro tan grande como una nevera. Justo debajo de nosotros, un archivador de seis cuerpos cae por la fachada cortada a pico del edificio, y mientras cae va girando despacio, cae haciéndose más pequeño hasta que desaparece entre la multitud congregada abajo.

En algún lugar de los ciento noventa y un pisos, los monos
astronautas de la Comisión de Daños del Proyecto Estragos se han descontrolado y están destruyendo todo vestigio de la historia.


Aquel viejo refrán de «siempre se mata lo que más se quiere», bueno, mira, funciona en ambas direcciones.
Con una pistola incrustada en la boca y el cañón entre los dientes sólo conseguirás farfullar algunas vocales.

Sólo nos quedan diez minutos.

A continuación, por un lado del edificio, va apareciendo, centímetro a centímetro, una mesa de madera oscura, que, empujada por la Comisión de Daños, se tambalea, se inclina y, tras darse la vuelta, se precipita al vacío hasta que se pierde en la multitud como si se tratara de un extraño objeto volador.

Dentro de nueve minutos el edificio Parker-Morris ya no estará aquí.

Si llevas suficiente gelatina para detonaciones controladas y la colocas en los cimientos de una construcción, conseguirás echar abajo cualquier edificio del mundo. Tiene que estar bien afirmada y cubierta con sacos terreros para que la explosión incida sobre los pilares y no se expanda
por el sótano del garaje que los rodea.


Los libros de historia no ofrecen este tipo de instrucciones. Hay tres formas de obtener napalm: la primera mezclando a partes iguales gasolina y concentrado de zumo de naranja congelado; la segunda, mezclando a partes iguales gasolina y Coca-Cola light; y la tercera, disolviendo en gasolina inmundicias de gato desmenuzadas hasta que la mezcla adquiera una consistencia sólida.

Pregúntame cómo se fabrica gas nervioso. ¡Ah, y no digamos todos esos demenciales coches bomba!

Nueve minutos.

Los ciento noventa y un pisos del edificio Parker-Morris caerán con la lentitud de un árbol que se desploma en el bosque. ¡Tronco va!
Puedes echar abajo cualquier cosa; es fantástico pensar que el lugar donde estamos será sólo un punto en el cielo.


Tyler y yo estamos en el borde del tejado. Tengo la pistola metida en la boca y me pregunto si el arma estará limpia.

Mientras contemplamos cómo se precipita edificio abajo otro archivador, aquí nos olvidamos del suicidio-asesinato de Tyler. Los cajones se abren en el aire, soltando resmas de papel blanco, que, atrapadas por la corriente ascendente, son arrebatadas por el viento.

Ocho minutos.

Después, el humo; por las ventanas rotas empieza a salir el humo. El equipo de demolición activará la carga primaria dentro de, quizás, ocho minutos. La carga primaria provocará la explosión de la carga base; los cimientos se desmoronarán y la serie fotográfica del edificio Parker-Morris pasará a los libros de historia.

La serie de cinco fotografías sucesivas: en la primera, el edificio está en pie; en la segunda, adopta un ángulo de ochenta grados; en la siguiente, uno de setenta; en la cuarta, cuando el armazón comienza a ceder y la torre describe un ligero arco, el edificio presenta un ángulo de
cuarenta y cinco grados; en la última instantánea, la torre, con sus ciento noventa y un pisos, se precipita sobre el museo nacional, que es el verdadero objetivo de Tyler.


—Ahora éste es nuestro mundo —dice Tyler—: los antepasados están muertos.

Si supiera cómo va a terminar todo esto, estaría bien contento de estar ya muerto y en el cielo.

Siete minutos.

En la cima del edificio Parker-Morris con la pistola de Tyler en la boca, mientras archivadores, despachos y ordenadores caen como meteoros sobre la multitud que rodea el edificio, y el humo sale formando columnas por las ventanas rotas y en la calle, a tres bloques
de distancia, el equipo de demolición mira el reloj. Sé que todo esto —la pistola, la anarquía y la explosión— es por Marla Singer.


Seis minutos.

Se trata de una especie de triángulo amoroso: yo quiero a Tyler, Tyler quiere a Marla, Marla me quiere a mí.
Yo no quiero a Marla, y Tyler no me quiere aquí, ya no. Se trata de una cuestión de cariño más que de amor, de propiedad más que de posesión.

Sin Marla, Tyler no tendría nada.

Cinco minutos.

Tal vez nos convirtamos en leyenda, tal vez no. «No», digo, pero aun así, espera.

¿Qué sería de Jesús si nadie hubiera escrito los Evangelios?

Cuatro minutos.

Desplazo con la lengua la pistola hacia la mejilla y digo:

—Tyler, ¿quieres ser una leyenda? Vale, tío, yo te convertiré en leyenda. He estado aquí desde el principio.

Lo recuerdo todo.

Tres minutos.




Dos


Los brazos descomunales de Bob me abrazaban y sepultaban bajo su mole; me apretujaban y mantenían en total oscuridad entre unas tetas flamantes y sudorosas que pendían tan gigantescas como concebimos la grandeza de Dios. Todas las noches nos encontrábamos en el sótano
de la iglesia, que estaba atestado de hombres: éste es Art, éste es Paul, éste es Bob. Las anchas espaldas de Bob me hacían pensar en el horizonte. Su cabello, rubio y espeso, era como el que consigues cuando el fijador se vende como «espuma de moldear»: un pelo espesísimo, muy rubio y con la raya extremadamente recta.


Sus brazos me envolvían, y con las palmas de las manos me
apretaba la cabeza contra sus flamantes tetas, que se erguían sobre el barril de su tórax.


—Todo irá bien —dice Bob—; ahora llora.

Desde las rodillas hasta la frente, siento las reacciones químicas de la digestión de Bob y el oxígeno dentro de su cuerpo.

—A lo mejor lo detectaron a tiempo —dice Bob—. Tal vez se trate sólo de un seminoma. Con un seminoma casi tienes una tasa de supervivencia del cien por cien.

Los hombros de Bob se yerguen en una honda inspiración, luego se encogen más y más estremeciéndose entre sollozos. Se yerguen. Se encogen, encogen y encogen.

Hace dos años que vengo aquí todas las semanas, y Bob siempre me rodea con sus brazos y lloro.

—Llora —me dice Bob mientras inhala aire y solloza una y otra vez—.
No dejes de llorar.


Su ancho y húmedo rostro descansa sobre mi cabeza y me siento perdido entre sus brazos. Ahora debería llorar. Es lo más apropiado en esta oscuridad asfixiante, oculto por el cuerpo de otra persona y consciente de que todo cuanto sea capaz de conseguir se convertirá en basura.
Cualquier cosa de la que puedas estar orgulloso acabará en el cubo de la basura. Me siento perdido entre sus brazos.

En casi una semana es lo más cerca que he estado de quedarme dormido. Así conocí a Marla Singer.

Bob llora porque hace seis meses le extirparon los testículos. Luego, lo sometieron a una terapia hormonal de apoyo. Bob tiene tetas porque su nivel de testosterona es demasiado alto. Si elevas el nivel de testosterona más de la cuenta, el cuerpo aumenta la producción de estrógenos para compensarlo.

Ahora es cuando debería llorar porque, justo en este instante, la vida se reduce a nada, o peor aún, cae en el olvido.

Si tomas demasiados estrógenos, te salen tetas de perra.

Es fácil llorar cuando te das cuenta de que las personas a las que quieres acabarán por rechazarte o morirse. En un plazo suficientemente largo, la tasa de supervivencia de cualquier persona se reducirá a cero.
Bob me quiere porque piensa que a mí también me han extirpado los testículos.

A nuestro alrededor, en el sótano de la Trinidad Episcopal, con sus sofás a cuadros comprados en almacenes baratos, puede que haya unos veinte hombres y sólo una mujer; todos abrazados por parejas y la mayoría llorando. Algunas parejas se inclinan hacia delante con las cabezas juntas, oreja contra oreja, como atletas de lucha libre fundiéndose en un abrazo. El hombre emparejado con la única mujer apoya los codos en los hombros de ella, un codo a cada lado de la cabeza que sostiene entre las manos, y llora con el rostro oculto en su cuello. La mujer vuelve la cara a un lado y se lleva un cigarrillo a la boca.

Atisbo por debajo de la axila de Bob el grandullón.

—Nunca en mi vida —gime Bob— he sabido por qué hago las
cosas.


La única mujer presente en Aún Hombres Unidos, el grupo de apoyo para los enfermos con cáncer de testículos, fuma un cigarrillo a pesar de cargar con un extraño, y sus ojos se encuentran con los míos.

Farsante.

Farsante.
Farsante.

Su cabello es de color negro mate; los ojos, grandes como los de los dibujos animados japoneses; lleva puesto un vestido estampado que parece papel pintado de rosas oscuras y está tan delgada como la leche desnatada y macilenta como la mantequilla. Esta mujer también estuvo
el viernes por la noche en mi grupo de apoyo a los tuberculosos y el miércoles por la noche participó en la mesa redonda sobre melanomas.

El lunes por la noche fue a ver a mi grupo de rap de los Creyentes Firmes con Leucemia. La raya del pelo en mitad de la cabeza parece un rayo blanco y encrespado en el cuero cabelludo.

Cuando buscas este tipo de grupos de apoyo, todos tienen nombres optimistas y poco definidos. Mi grupo de los jueves por la tarde contra los parásitos sanguíneos se llama Limpios y Libres.

El grupo de enfermos con parásitos cerebrales al que voy se llama Arriba y Más Allá.

Esa mujer está, una vez más, aquí, la tarde del sábado, durante la sesión de Aún Hombres Unidos en el sótano de la Trinidad Episcopal. Y lo que es peor, no puedo llorar cuando me mira.

Éste debería ser mi momento preferido, abrazado a Bob y llorando con desesperación. Siempre nos entregamos a fondo. Éste es el único lugar donde realmente me relajo y me abandono.

Éstas son mis vacaciones. Acudí por primera vez a un grupo de apoyo hace dos años, después de haber vuelto al médico por culpa del insomnio. Llevaba tres semanas sin poder dormir. Cuando te pasas tres semanas sin dormir todo se convierte en una experiencia extracorporal.
El médico me dijo: «El insomnio es sólo un síntoma de algo más profundo. Descubra cuál es el problema. Escuche a su cuerpo».


Yo sólo quería dormir. Quería pequeñas cápsulas azules de
doscientos miligramos de Amital Sodio. Quería píldoras azules y rojas de Tuinal, y pastillas de Seconal de color rojo carmín.
El médico me dijo que si mascaba raíces de valeriana y hacía más ejercicio, al final, conseguiría dormir.

Tanto se ha hundido el fruto viejo y magullado de mi rostro, que pensarías que estoy muerto.

El médico me dijo que si quería ver dolor auténtico, pasara por la Primera Eucaristía el martes por la noche. Vea a los pacientes con parásitos cerebrales. Vea las enfermedades óseas degenerativas. Los trastornos cerebrales orgánicos. Vea cómo sobreviven los enfermos con cáncer.

Así que fui.

En el primer grupo al que acudí hubo presentaciones: Alice, Brenda, Dover. Todo el mundo sonríe como si les estuvieran apuntando a la cabeza con una pistola invisible.

Jamás doy mi nombre verdadero en los grupos de apoyo.

He aquí el esqueleto minúsculo de una mujer llamada Cloe cuyo trasero sin relieve deja los pantalones colgando, vacíos y tristes. Cloe me cuenta que lo peor de sus parásitos cerebrales era que nadie se quería acostar con ella. Allí estaba, tan próxima a la muerte que le habían
liquidado la póliza del seguro de vida con setenta y cinco mil pavos y, en realidad, lo único que Cloe deseaba era echar un último polvo. Nada de intimidades, sólo sexo.


¿Qué puede decirle ningún tío? Bueno, ¿qué se le puede decir?

Todo el proceso había comenzado cuando Cloe empezó a sentirse un poco cansada. Ahora Cloe estaba demasiado aburrida para seguir un tratamiento. Películas pornográficas, tenía películas pornográficas en su apartamento.

Durante la Revolución francesa, me contó Cloe, las mujeres
encarceladas —duquesas, baronesas, marquesas o lo que fueran— se tiraban a cualquier hombre que quisiera montarlas. Notaba la respiración de Cloe en mi cuello. Follar era una manera de matar el tiempo.
Los franceses lo llamaban la petite mort. Si estaba interesado, Cloe tenía películas pornográficas. Nitrato de amilo. Lubricantes.

En tiempos normales, ya estaría disfrutando de una erección. Sin embargo, Cloe es un esqueleto hundido en cera amarilla. Con el aspecto que tiene Cloe, no soy nada. Incluso menos que nada. Aun así, los hombros de Cloe se clavan en los míos cuando nos sentamos formando un círculo sobre la alfombra de tripe. Cerramos los ojos. Era el turno de Cloe para dirigir la meditación guiada, y su voz nos introdujo en el jardín de la serenidad. Cloe nos hizo remontar la colina del palacio de las siete puertas. Dentro del palacio estaban las siete puertas: la verde, la amarilla, la naranja, y Cloe nos hizo pasar y abrió con sus palabras cada una de ellas —la puerta azul, la roja, la blanca— descubriéndonos lo que allí había.

Con los ojos cerrados, imaginábamos que nuestro dolor era como una bola de luz blanca que todo lo curaba, que flotaba alrededor de los pies y subía por las rodillas, la cintura y el pecho. Nuestros chakras se abrían. El chakra del corazón. El chakra de la cabeza. Con sus palabras Cloe nos introdujo en cuevas donde nos encontramos con el animal que era nuestro guía. El mío era un pingüino.


Bio. (Nace en Pasco, Washington, Estados Unidos, el 21 de debrero de 1962. Novelista satírico y periodista independiente. Es famoso por su novela El Club de la Lucha, que david Fincher llevó al cine. Sus obras, similares en estilo a las de Bret Easton Ellis, Irvine Welsh y Douglas Coupland, le han hecho uno de los novelistas más populares de la su generación).

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